Escrito por Derek Walker. Es un hombre orquesta de su pequeña agencia, Brown and Browner Advertising, con sede en Columbia, S.C.

Por el contrario, la receta sería la siguiente: relájense y las ideas van a brotar en cantidad.

“¿Qué es esa basura?”, gritó el CEO de una agencia en la que alguna vez trabajé. Estaba en el área creativa al lado de una antigua mesa de pool, que varios directores de arte habían convertido en una mesa de exposición para un gran proyecto en el que estábamos trabajando.

Las cabezas se asomaron en los cubos para ver qué pasaba. “¿Qué es toda esta basura?” (usó una palabra mucho más fuerte). Continuó mirando lo que había sobre la mesa de pool. “¡Todo el mundo afuera de aquí! ¡Ya!”.

Todos salieron enseguida del lugar, incluyendo nuestro director creativo. Nos paramos silenciosamente mientras él seguía mirando lo que había encima de la mesa. Nadie dijo una palabra. Nunca lo habíamos oído ni visto así, tan furioso. Un hombre grande, ex jugador de futbol en el college, era imponente.

“¡Alguien que me explique que hace toda esta basura acá! ¿Qué estoy mirando? ¡Todo el dinero y el tiempo que gastamos en ustedes, y se atreven a hacer esto! ¡Salgan de mi mesa de pool y nunca la usen para esto otra vez! ¡Ahora, agarren un maldito taco y usen esta mesa para lo que ha sido construida! ¡Y beban esa p… cerveza donde corresponde también, en la refrigeradora!”

Todos estaban paralizados, nadie sabía qué hacer. Mi director de arte asociado y yo tomamos nuestros tacos favoritos y otros empezaron a limpiar la mesa. Mi compañero miró rápidamente a dos de sus pares, que trataban de sacar los elementos de trabajo que habían dejado ahí arriba. Lo nuestro no estaba sobre la mesa; nunca había estado. Eso de usar la mesa de pool para exhibir lo que se estaba haciendo era una batalla por el poder en el departamento creativo entre los que creían que no deberíamos estar perdiendo el tiempo jugando pool y los que no tenían ningún problema con esa practica. ¿Quieren adivinar en qué campo estaba yo?

Ninguno de los bandos tenía un miembro del management entre los suyos, y por eso la batalla se había desarrollado en forma encubierta en los últimos días. Nunca  se dijo nada, pero el trabajo estaba sobre la mesa, y de ahí debía ser retirado. La gente haría comentarios cuando otros jugaban al pool o hacían cartelitos pidiendo tranquilidad, pero todo eso sólo servía para ponernos peor.

Cuando nos disponíamos al primer juego, algunos se sentaron alrededor y empezaron a destapar las botellas de cerveza que la agencia proveía en una pequeño refrigerador cercano a la mesa de pool. Otros enfilaron para sus cubos.

“¿Qué cuernos están haciendo?”, bramó nuestro CEO. “¿Qué les pasa a ustedes? ¿No me oyeron? ¡Hagan relax!”

Mi director de arte y yo permanecimos de pie, bastante confundidos con su orden de relax. Otra vez todos estaban atónitos.

“Ustedes han estado gastando y moviéndose sin parar para este proyecto”, siguió el CEO. “¿Y todos sus otros trabajos para cuándo? ¿En qué tiempo los terminarán? ¿Ocho, nueve días? La mayoría estaba aquí cuando llegué a la mañana y todavía seguirán acá cuando yo me vaya a la noche Pero esto no es así. ¡Sentados acá no les va a salir nada! ¡Van a seguir haciendo basura! ¡Cuánto más tiempo se queden aquí, peor va a ser el resultado! ¡Miren esto, miren esto!”, dijo, apuntando a la pila de trabajo que estaba en la otra mesa.

Mi compañero y yo volvimos al pool. No necesitábamos mirar el trabajo. Habíamos estado quejándonos de eso durante días. Ninguno miró, en realidad, porque todos sabíamos que las ideas no estaban en su mejor momento. Pero justamente por ese motivo estábamos trabajando tanto: porque las ideas no salían.

Después de unos pocos juegos y algunas cervezas más, y charlas sin importancia, uno de los otros directores de arte se volvió hacia el mío y le dijo en tono de broma: “¿Qué pasa si le prendo fuego al logo?”.

Todo el mundo se echó a reír, sabiendo cuán enamorado estaba el cliente de ese logo.

Y ahí pasó algo. Una catarata de locas y tontas ideas empezó a brotar. Hablábamos de cosas que sabíamos que le daría un ataque cardíaco al cliente, pero que al consumidor le encantaría. Y nos reímos y jugamos, y una campaña nació, diferente a todas las que había hecho antes el cliente. Pero arrojó como resultado un aumento de doble dígito en las ventas, una mayor satisfacción de los consumidores… y un par de premios.

Déjenme aclarar algo. No fue el alcohol, ni la mesa de pool. Fue la atmósfera, la colaboración, el haber quitado ese azote colectivo de nuestras espaldas, lo que permitió que brotara la creatividad. La creatividad es una amante caprichosa; no se la puede apurar ni forzar, no responde sólo porque usted o yo le preguntamos algo.

Unos meses después de la campaña, supimos que la furia del CEO había sido planeada entre él y nuestro director creativo. Habían visto que estábamos en dificultades, e idearon ese plan para sacarnos del círculo vicioso en que nos habíamos metido solos: cuanto más fuerte tratábamos de trabajar, peor nos salía todo. A peor resultado, más nos esforzábamos. Y así.

Es extraño como uno puede no darse cuenta de que está entrampado, pero nos pasó. Todos vimos cuán importante era ese proyecto para el cliente y la agencia. (Es cierto, los creativos no sólo piensan en ganar premios. Pero no se lo digan a nadie). De todos modos, tratamos de trabajar en el problema y el trabajo sufrió. El primer grupo de ideas tenía todos los hechos necesarios pero nada de humanidad. Nuestros líderes vieron eso y actuaron.

No estoy diciendo que éste sea el approach perfecto o que todo el mundo debería utilizarlo. Digo que no se puede forzar la aparición del gran concepto: ninguna cantidad de tiempo sentados frente a la pantalla de una computadora va a producir las soluciones que tenemos que crear. Y sin embargo, agencia tras agencia, la gente se sienta en su oficina o su cubículo o su escritorio con la cabeza hacia abajo, tratando de forzar la llegada de la creatividad, y el trabajo resultante lo revela. La mente no trabaja de esa forma.

¿Quieren producir mejor trabajo? Den un paso hacia atrás y miren las condiciones en las cuales se están haciendo las cosas. No siempre es culpa del cliente que el trabajo apeste. Las agencias no tienen que ser patios de juegos, pero necesitan tener el suficiente relax para que las ideas puedan nacer. Tiene que haber una apertura hacia lo nuevo y lo diferente. Pregúntese: ¿pueden germinar las soluciones creativas y florecer en el terreno que usted ha provisto, o ese lugar es demasiado duro y seco como para que algo pueda echar raíces?

Digan lo que quieran, la respuesta está en el trabajo.

Fuente: Adlatina