Cristián Parrao

Creatividad Digital

Ser un early “abandoner” es una opcion

Fernando Barbella lo hizo de nuevo.

Sacó un post que me ha dejado pensando, pero no sólo eso, tomó una decisión valiente y ¿suicida? de abandonar algunos juguetes de internet, como redes sociales y cositas varias que para cualquiera sería impensable dejar. ¿Y? Sigue siendo tan creativo como siempre… es decir no ha pasado nada, ni ha colapsado su universo.

Acá les dejo el post (como ven, ya inauguraré una categoría llamada “Barbella”). Disfrútenlo, porque además tiene una redacción fresca y entretenida.

(publicado originalmente en Yorokobu)

Estamos abrumados. Bombardeados. Aturdidos. Sobreexpuestos. Cada equis cantidad de días aparece algo que se apodera de la atención de aquellos que trabajan de alguna manera relacionados con las nuevas tecnologías y/o nuevos medios (comunicadores, publicistas, economistas, tecnólogos, investigadores, periodistas, y un laaaargo etc.) de una manera furiosa y en apariencia imparable.

Que el Kindle hace que Amazon venda más ebooks para las Fiestas que libros, tradicionales, que hay que probar Formspring.me ya que todos están usándolo, que qué ganas nos dan aunque no sepamos bien si vale la pena de tener un iPad para ver qué onda, que el chico ruso de 17 años creó Chatroulettey se le fue de las manos y probemos entrando a ver porqué es un éxito, que si no usas Gowalla deberías usar FourSquare para dar a conocer por dónde andas y qué estás haciendo, que si no actualizas Twitter cada un par de horas dejas de ser relevante… UN MOMENTO, GENTE, PAREMOS UN POCO.

El sociólogo estadounidense Everett Rogers acuñó allá por comienzos de los 60s el término early adopter, al desarrollar su Teoría de las Innovaciones y sus diferentes categorías de individuos en relación a dichas innovaciones. Y en esa categoría está el grupete mencionado en el primer párrafo, expuesto y dispuesto a utilizar con fruición cada cosa nueva que se asoma al mercado de manera incipiente. Y allí comienza la manía. La manía de estar conectado a todo ello, en la mayor parte de los casos, todo el tiempo.Laptops, netbooks, smartphones y otros aparatejos nos dan la posibilidad de la conexión 24/7 y la exposición a la reacción colectiva y primal de “hay que tenerlo, no sé bien para qué, pero ya veremos…” Y de repente nos encontramos -a veces voluntaria y otras involuntariamente- administrando perfiles, nombres de usuarios y claves que influyen directa e indirectamente en nuestras vidas en ámbitos profesionales, personales y familiares.

Y usamos como si sobrara un bien no renovable, el tiempo, paradójicamente bajo la creencia de que muchas de esas herramientas nos permitirán administrarlo y aprovecharlo mejor. ¿Es tan así? ¿De veras debemos adoptar cada cosa nueva y adosarla a nuestra rutina en pos de tener cada vez más acceso a potencialmente todo aquello que alguna vez nos será útil o beneficioso? ¿No estaremos desarrollando cierta adicción y como con toda adicción nos es imposible ver ello pues estamos adentro? (Es conocido aquello de “Lo tomo cuando quiero y cuando quiero lo dejo, lo puedo manejar…” ¿no?) Seguramente hemos tenido nuestro momento Enjuto Mojamuto…

Es quizá por lo que afirma el neurocientista Jaak Panksepp que luego de estudiar toda clase de mamíferos y sus emociones, llegó a la conclusión de que la búsqueda (tanto abstracta como tangible) es el motor que motiva a salir de la cama, enfrentar el día y aventurarse al mundo. Este motor es alimentado por una hormona neurotransmisora, la dopamina. De hecho se cree que la misma tiene influencias sobre nuestro sentido del tiempo. (Y de nuevo caemos en el tiempo, que no nos sobra, o al menos eso es lo que parece.) Panksepp dice que la dopamina es activada por la búsqueda de encontrar algo inesperado o por la expectativa que genera “lo nuevo”. ¿Te suena conocido? ¿Nunca te sentaste frente a Internet sin un plan y expectante por ver qué de nuevo aparecía?
Acá estamos entonces, abrumados. Bombardeados. Aturdidos. Sobreexpuestos. Y más de uno de nosotros debe estar sufriendo su dosis del síndrome de Atención Parcial Continua. Esos impulsos irrefrenables de consultar fuentes de información, de compartirla, de distribuirla, de resignificarla, con el el afán de comprobar que no nos perdemos de nada o casi nada. Síndrome que se hace presente en los ratos libres, durante la jornada de estudio o durante el trabajo (Y no, estar todo el tiempo conectado a todo ello no es trabajar, señores “consultores 2.0″ y demás ninjas y gurúes tecnofetichistas) ¿Se puede luchar contra esto? Claro que sí, requiere un poco de voluntad, y otro poco de no prestarle atención al qué dirán.

Es tomar la decisión de ser un early “abandoner” (o como se nos dé en gana llamarlo). Dejar aquello que realmente no necesitemos, que no nos sume a nuestros intereses, ocupaciones y vidas. Estuve en Facebook un tiempo y me fuí hace 18 meses. Y no me pierdo de nada de lo que me interesa y aún puedo contactar a aquellas personas con las que quiero tener algún tipo de contacto vía teléfono, SMS, email (y hace un tiempo vía los DMs de Twitter, claro). Y va todo bien.

Probé el famoso Formspring, me aburrió y lo abandoné, no hay que insistir. Y me salí de Google Buzz ni bien noté que me tocaba la paciencia en mi inbox y que me mostraba posteos de gente a la que no conozco y de la cual no tengo en este momento necesidad ni interés saber qué opinan sobre temas o tópicos que tampoco tenemos en común. Jamás adopté Delicious y voy por la vida recomendando links a aquellas personas que les importa vía email, instant messaging o en una simple conversación cara a cara. Claro que uso algunas herramientas y plataformas que me son útiles como Twitter, LinkedIn, alguna que otra red de nicho basada en Ning, disfruto música en Spotify y echo mano a un par más de esto chiches, pero NO TODOS. No es necesario sobreexponerse durante tanto tiempo a tantos estímulos tecnológicos, para un día darnos cuenta que nuestras rutinas y maneras de percibir la realidad dependen al 100% de vivir pendientes de ellos. NO HAY QUE USAR todo lo nuevo que sale y que parece que si no estamos ahí quedamos afuera. Estar “afuera” no está mal, es tan solo volver a ser un poco más nosotros mismos. ¿Adopters o abandoners, qué piensan?

Pertenezco a Inusual Network, una comunidades de tipos inusuales, ja!. Y llegué a ella, por la invitación de un hombre al cual he visto en seminarios, he leído en blogs y nos hemos enviado mails, pero que aún no he tenido el placer de sentarme a compartir un café: Ese es Fernando Barbella.

Fernando escribió en Inusual un artículo digno de destacar y que este humilde blog trae para ustedes. Disfrútenlo.

(publicado originalmente en Yorokobu)

“Armamos una fan page en Facebook, damos de alta un perfil en Twitter, podemos armar una tracklist acorde a nuestra marca en Spotify, contratamos una campaña de adwords en Google y ya.”Mientras lees esto, seguramente alguien (de un medio, de una agencia, de un anunciante, de cualquier lado) está diciendo algo parecido en Madrid, Buenos Aires, México, Lima, Santiago de Chile, Bogotá o donde se te ocurra.

Y de repente todos en una misma mesa somos expertos en algo concerniente a la bastardeada y vapuleada Social Media y sus múltiples herramientas. Y con decir las palabras mágicas en algún momento, todos se quedan conformes con lo dicho y escuchado y seguros de ser parte del “momentum” de la industria de la comunicación, enarbolando la bandera de “el consumidor al poder” que tan bien queda pero que tan poco se cumple y ejecuta de manera real.

Relaciones fetiches en masa con la tecnología es lo que estamos viendo. Orgías de términos nuevos e intenciones nunca del todo cumplidas, por el solo hecho de dejarnos llevar por el tsunami de herramientas que nos rodean día a día y que creemos nos serán útiles para nuestros propósitos mercantilistas.

Todos quieren ser el hit del momento, tener miles de amigos en Facebook y tener más seguidores en Twitter que Ashton Kutcher. En el proceso, se generan enormes cantidades de información digital con presentaciones y whitepapers que hablan de tendencias y mejores maneras de hacer las cosas. “Las 10
tendencias”, “los mejores 50″, “las 8 maneras de”, “101 lugares que”, “los 25 casos más exitosos”… la misma fórmula que da resultados en las librerías con kilos y kilos de libros vendidos de contenido de dudoso origen resulta encontrar en Internet su mejor caldo de cultivo.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica… Hablando en serio, mientras tanto, a los usuarios la publicidad, los productos y servicios que tenemos para ofrecerles les importa bien poco en tanto y en cuanto
los sigamos tratando con promesas, de manera intrusiva y tontamente con mensajes que rozan lo obvio.

Algo que extraño de la publicidad tradicional es la vergüenza. Sí, la vergüenza de no hacer algo diferente, original e innovador a la hora de comunicar. Hemos visto múltiples campañas en este mismo idioma de Cervantes que son simples copias o adaptaciones de acciones que fueron un hit en su momento en Alemania, Suecia, Estados Unidos, Japón o donde fuere. Pero la generación de un cuasi invisible -pero no por ello inactivo, sino todo lo contrario- ejército masivo de gente desesperada por ganarse un lugar en esta actividad ha dado lugar a campañas que rozan lo vergonzoso, pero como en general es visto y juzgado por aquellos que por desconocimiento o por elección prefieren mirar a otro lado, nadie dice nada.

Para qué entonces intentar hacer algo diferente, algo que viene “sin garantía” de fábrica porque nadie lo hizo antes, ¿no? Adaptemos aquello o eso otro, traigámoslo al presente decorándolo con cuanta aplicación de social media pueda haber, veamos si lo podemos replicar en plataformas móviles et voilà. El cliente aprueba más rápido, todo sale más barato que lo que debería y el resto de la agencia que nunca vió un anuario de One Show Interactive o que se enteró hace sólo dos años que Cyber Lions existe ni se entera de lo que acaba de pasar.

¿Qué tal si antes de hacer foco en las tecnologías, las tendencias y las recetas exitosas de otros le damos un rato a ponderar y poner en práctica las buenas ideas? Ideas que transmitan emociones, que movilicen, que lleven a quien las reciba a generar algún tipo de reacción, que generen un impacto positivo en aquellas personas que las reciban, que trasciendan las pantallas en las que nacen, que se conviertan en verdaderas experiencias, que en algún punto sean recordables. Si pasa todo eso, la anhelada y demasiadas veces mencionada “viralidad” vendrá sola, ni lo duden.

Propongamos objetivos. Tengamos en claro el rol que cumplirán las diferentes ejecuciones dentro de una estrategia. Cuándo hay que utilizar tal cual cosa y cuándo no es apropiado. Entendamos los
códigos y tiempos propios de cada herramienta, plataforma y tecnología y sepamos leer entrelíneas qué es lo que le sumarán a nuestras ideas. Sepamos ver antes -de eso se trata en definitiva, pues es fácil ver las cosas puestas ya en práctica y opinar con los hechos frente a nosotros- las posibilidades y potencialidades de esa idea que queremos llevar a la práctica.

Veamos el todo, haciendo hincapié luego en cada parte, pero veamos la totalidad de la acción, entendiéndola como un sistema que funcionará estando en sinergia y coordinación cada uno de los componentes con el resto. Intentemos buscar nuevas soluciones caminando por donde no han caminado otros, la comodidad es enemiga de la innovación.

Nuestro rol como comunicadores idóneos es hacer un uso apropiado y acorde en base a los conocimientos y saberes adquiridos a partir de las experiencias vividas. Preferentemente, de las experiencias propias, ya que al final del día es la única manera de aprender. Menos herramientas, más comunicación.